
La Estrella: tacos estilo Durango llegaron a CDMX
March 27, 2026Por: @monytodoterreno
“En lo más profundo del invierno, finalmente aprendí que dentro de mí había un verano invencible.” — Albert Camus
A punto de despedir el invierno, como si el frío se resistiera a soltar su último aliento, hoy llega un frente helado que parecía decir “aún no me voy”. Yo, mientras escribo estas líneas con unas ganas inmensas de sentir el sol calentandome la espalda, espero a que pasen las semanas. Este invierno fue especialmente duro. Sé que me hago llamar “todo terreno” y que la nieve puede verse hermosa, pero esta vez me pesó. La nieve es bonita un día; el resto del tiempo, con el hielo cubriendo las calles, moverme se vuelve casi imposible.



Mi energía se vino abajo, o quizá simplemente me permití sentirme cansada por primera vez en mucho tiempo. Quienes me conocen saben que soy muy activa, pero desde hace meses cada salida requería tanta fuerza que empecé a evitarlas. Dejé de disfrutar lo cotidiano, y eso me preocupó. Fui al médico porque algo no se sentía normal. El diagnóstico fue simple pero revelador: falta de sol y vitaminas. Después de semanas tomando suplementos, el ánimo y la energía comenzaron a regresar, como si mi cuerpo despertara lentamente de un letargo.


Con esa chispa renovada me animé a viajar sola a Berlín para visitar a un amigo. Iba con incertidumbre, sin saber si la ciudad sería accesible, pero mi espíritu aventurero volvió a asomarse. Sentí otra vez esa confianza en mi cuerpo, en su capacidad de acompañarme y sostenerme frente a lo desconocido.

Ese viaje me hizo bien. Descubrí que Berlín es mucho más accesible de lo que me habían contado y, además, redescubrí el placer de viajar sola. Creo que lo que más disfruto de viajar es esa sensación de libertad: confiar en mi cuerpo para llevarme a descubrir nuevos lugares, nuevas versiones de mí misma.

Por cierto, en la Puerta de Brandeburgo, una chica y su familia de San Luis Potosí se acercaron para contarme que mis colaboraciones les han sido útiles porque su mamá usa silla de ruedas. Me alegraron el día. Aprovecho para mandarles un abrazo enorme.


Como mencioné, Berlín me sorprendió por su accesibilidad. Pude moverme sin problema y recorrer sus principales atracciones. En cuanto a los sanitarios, no encontré baños públicos accesibles, pero en los hoteles siempre me dejaron pasar.

En conclusión, cuando me nombro “todo terreno” no busco romantizar la discapacidad. Vivir con ella puede ser cansado y retador. Pero cuando escuchamos a nuestro cuerpo, cuando dejamos de pelear con lo que somos y empezamos a abrazarlo, descubrimos no solo lugares nuevos, sino también nuestra propia capacidad de disfrutar el mundo, aunque esté a -9 grados.

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