
Aqüífera en Aztlán: la experiencia inmersiva que te conecta con el agua en Chapultepec
April 6, 2026Una historia que conecta culturas, sabores y paisajes, invitándonos a viajar primero desde la lectura… y después, en la vida real.
Por: Adriana Muela
Cuando un libro te lleva por un recorrido cultural acompañado de una historia incómoda, pero necesaria de contar, algo empieza a moverse distinto. Por momentos parece que te pierdes en ese recorrido, entre lo cultural, lo emocional y aquello que no termina de acomodarse; pero al mismo tiempo, lo místico comienza a tomar una forma más sólida. Y entonces entiendes que ese viaje no es solo del libro, es tuyo. Porque cuando lees con esa intensidad, con esas ganas de que ese recorrido exista para acompañar a los personajes, el viaje se vuelve inevitable, se vuelve mágico.
Eso me pasó con Coyote balcánico de Rayo Guzmán, una novela publicada por el sello editorial Hachette, que no solo cuenta una historia, sino que te arrastra por un recorrido que cruza dos mundos: Mineral de Pozos, en Guanajuato, y Serbia, en el corazón de los Balcanes. Dos territorios que, en apariencia, no tienen nada en común, pero que en la lectura encuentran un punto de encuentro inesperado, sostenido también por la pluma de la autora, que logra que el lenguaje conserve ese toque coloquial mexicano, cercano, incluso cuando la historia cruza fronteras.

Mineral de Pozos, nombrado Pueblo Mágico en 2012, es un antiguo enclave minero en el municipio de San Luis de la Paz, Guanajuato. Un lugar que alguna vez fue una importante zona de extracción de oro y plata y que hoy se percibe como un pueblo fantasma lleno de historia. Sus ruinas, como las minas de Santa Brígida y Cinco Señores, conviven con campos de lavanda, rutas de senderismo, ciclismo y experiencias como los temazcales. Pero más allá de su paisaje, hay una atmósfera que la autora conoce y transmite con precisión, haciendo que cada calle y cada rincón se sientan habitados. Su gastronomía, profundamente ligada a sus raíces prehispánicas, también forma parte de ese recorrido: los escamoles, huevos de hormiga considerados un manjar; los chapulines y los chinicuiles cuentan historias a través del sabor. A esto se suma su pertenencia a la ruta del mezcal, donde cada bebida se convierte en una extensión del territorio.

Del otro lado, Serbia se presenta como un país sin litoral situado en el sureste de Europa, en la península balcánica, históricamente entendido como un puente entre Oriente y Occidente. Rodeado por países como Hungría, Rumania, Bulgaria, Macedonia del Norte, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Montenegro y Albania, su identidad se construye entre influencias diversas. Pero al igual que en Mina de Pozos, es en lo cotidiano donde se revela su esencia: la cocina balcánica, basada en ingredientes de temporada y en el valor de compartir, se vive en mesas largas donde la comida es un acto social. Platillos como el ćevapi o la pljeskavica no solo alimentan, también cuentan historia. En ciudades como Belgrado, esa mezcla de oriente y occidente se siente en sus calles, en su arquitectura y en su ritmo pausado.

La novela sigue la historia de Eloisa Martínez, una mujer mexicana, y Darko, un hombre serbio, cuyos caminos se cruzan en una relación que desborda lo emocional y lo cultural. A través de ellos, el lector no solo presencia un encuentro entre dos personas, sino entre dos formas de ver el mundo. Hay también una dimensión mística que acompaña la historia —figuras protectoras, símbolos y un espacio donde la vida y la muerte dialogan—, pero más que imponerse, funciona como un hilo que conecta lo visible con lo invisible.
Lo que realmente permanece es ese tránsito entre culturas. La forma en la que dos lugares tan distintos pueden encontrarse en detalles aparentemente simples: la comida, la familia, las tradiciones, el lenguaje. Y es ahí donde ocurre algo poderoso: lo lejano deja de ser ajeno.
Si bien es cierto que no siempre es necesario tomar un avión para viajar, hoy sí quiero invitarte a hacerlo. Si estás en México, un recorrido por carretera es ideal para explorar ciudades patrimonio y pueblos coloniales en una ruta de tres a cinco días. La ruta clásica comienza en la capital, pasa por Dolores Hidalgo, cuna de la Independencia, continúa hacia San Miguel de Allende y llega a Mineral de Pozos, donde la historia y el silencio construyen una experiencia distinta. Y si eres más aventurado, llegar a Serbia desde México implica tomar vuelos con escala de entre quince y veintinueve horas aproximadamente hasta Belgrado. Los mexicanos no requieren visa para estancias turísticas de hasta noventa días, pero sí se recomienda contar con pasaporte vigente, seguro de viaje y comprobar fondos aproximados de cincuenta euros diarios. Las rutas más comunes parten de Ciudad de México o Cancún, y aunque el trayecto es largo, el destino lo vale.
Entonces no lo pienses más. Busca la lectura, déjate llevar por este recorrido y, como yo, empieza a mirar estos destinos no solo como lugares en el mapa, sino como experiencias que esperan ser vividas. Porque hay historias que no solo se leen… hay historias que te enseñan a dónde ir.
Adriana Muela
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