
Itinerario. ¿Qué hacer 3 días (o 4) en Praga
March 12, 2026Siempre es un gusto escribirles con los kilómetros todavía en el cuerpo, aún sintiendo el movimiento. Aunque esta vez ya no está Paco, mi compañero de vida y de viajes, mi amado perro que murió en agosto. Después de muchos meses y después de haber escrito un libro sobre Paco, me permití volver a salir al mundo, aun con todo el dolor en el cuerpo y el corazón.
Este viaje tenía que ser especial y lento, muy lento, a los ritmos del dolor; un viaje que me permitiera entrar suavemente al mundo sin él. Y llegué a la conclusión de que quería subir la montaña más alta de México. Sin pensar en la cima, sin pensar en “conquistarla”, simplemente estar ahí, con esa montaña que se ve desde lo más alto de México: el Pico de Orizaba. Contacté a mi amigo Javi, de Con-tacto Alpino, para que me hablara de esta experiencia y, casi sin tiempo, logré ajustar el cuerpo. Siendo buena conmigo, permitiendo que esta vez fuera el cuerpo el que tomara sus propias decisiones.

La aclimatación es clave y, para quienes no lo saben, llevo más de cinco años viviendo en una isla, pero siempre con la montaña adentro. Entendí que debía estar unos días durmiendo a la altura de las montañas y, casi como magia, apareció Aldea Pachamama. Un lugar que tienen que visitar si lo que necesitan es un abrazo de la naturaleza. Ubicada a 11,000 km de las ruinas del Krakatoa, el volcán que en 1883 sacudió al mundo entero con una de las explosiones más catastróficas de la historia de la humanidad. Una explosión que irrumpió todo y cambió el paisaje para siempre.

También se encuentra a unos 11 kilómetros del volcán Popocatépetl, que domina México con su belleza y presencia constante. Desde 1994 se ha mantenido despierto, pero no estalla; respira. Y es casi imposible de creer que, a tan pocos kilómetros, se encuentre este santuario sin internet ni electricidad, construido con materiales reciclados y abierto al público después de la pandemia. Nació de la visión de Jazz, su fundadora, quien, tras recorrer el mundo y convivir con distintas comunidades, logró integrar lo esencial para crear uno de los espacios ecológicos y de retiro más significativos de México, enfocado en la meditación y la conexión con la tierra.

Cuenta con siete cabañas; algunas son casitas en los árboles. Los baños tienen agua caliente y el menú es una celebración de productos cultivados y preparados por el chef Irving. De la cocina a la montaña, él mismo guía caminatas al amanecer y recorridos por senderos locales. Cuenta con dos cabañas petfriendly y la regla más importante en la aldea es apagar tu celular y entregarte al volcán.

También ofrecen experiencias de meditación, sesiones de yoga, ceremonias de cacao y distintos rituales. En la aldea, la aventura es suave, pensada para nutrir el cuerpo y el alma: con calma, sin prisa y con la vista más privilegiada al volcán más imponente de México. El silencio y la complicidad con el volcán te mantienen en conexión total con la montaña.

Después de estar unos días en la Aldea, el cuerpo fue quedando listo (o así pensé) para subir la montaña más alta de México. La última noche la pasé con mucha calma en Puebla, visitando por primera vez esta ciudad poeta. Una ciudad que te inspira mientras caminas. En cada calle, un párrafo. Gracias, Puebla, por recordarme la belleza.

Era 14 de febrero, y lo único que había por celebrar era mi amor con la montaña. Con el amanecer comenzaba el camino hacia el Pico de Orizaba. Sin paciencia, con muchas ganas de abrazar la montaña, pasaban las horas. Y de forma casi inexplicable, el glaciar Jamapa se iba asomando, nos veía de reojo, anticipaba nuestra llegada.

Al llegar, pedimos permiso y montamos el campamento, caminamos un par de horas y cenamos una sopa caliente. Nos quedaban cuatro horas para descansar antes del vuelo.

10:30 pm, el momento de alistar el cuerpo y las alas para subir la montaña más alta de México. Después de cuatro horas subiendo, mi cuerpo no respondió a la montaña y, con el mal de altura que me provocó vomitar más de tres veces, tuve que bajar con mucha somnolencia y mareos. Es la primera vez que me toca bajar la montaña; es la primera vez que mi cuerpo toma esa decisión y le di las gracias. Agradezco haber podido estar tan cerca, tocando las rocas volcánicas con mis pies, ver estrellas fugaces desde lo más alto de México y más cerca de Paco, mi perro.


A veces viajar es aprender a respirar frente a una montaña.
“We live by the rhythms of the Earth.”
— Katia & Maurice Krafft
Gracias a todas las montañas, a todos los volcanes por extender los paisajes en los que podemos caminar y sentirnos vivos, después de todo.
*Si te gustaría saber más sobre el libro que escribí para Paco, mándame un mail a: karla.solis.bel94@gmail.com

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