
Guía básica para visitar Nueva Zelanda (2026)
March 4, 2026Texto: Armando Cerra (@dossomos_dos)
Fotos: Mónica Grimal (@photo_mgrim)
Tras unos días recorriendo parte de Costa Rica, ya teníamos muy claro que es cierto todo lo bueno que habíamos leído sobre este paraíso centroamericano. Todo amante de la naturaleza, y en general de los viajes, debe apuntarlo en su lista de destinos soñados.
Después de cientos de kilómetros por carreteras que invitan a manejar sin prisa, nos maravilló lo visto a bordo de nuestro carro de alquiler. Pero llegó el momento de apagar el motor y entregar el vehículo en Reserva Conchal. Ahí pensábamos pasar las últimas jornadas alternando dos hoteles. Primero en The Westin Reserva Conchal y después en el W Costa Rica.
Antes de deshacernos en halagos sobre ambos alojamientos, os contaremos algo sobre la Reserva Conchal que se extiende más de 900 hectáreas. Está en la provincia de Guanacaste, a orillas del Pacífico. Décadas atrás se deforestó y convirtió en pasto para ganado. Pero hace 40 años se revirtió el proceso y lo natural volvió a dictar el ritmo. Hoy luce esplendorosa, mezclando manglar, bosque y costa. Y en ese refugio silvestre emergen los dos hoteles.

Comencemos por The Westin Reserva Conchal. La bienvenida la da un lobby abierto al exuberante verdor exterior y tras hacer el check-in solo falta subirse a un carrito eléctrico hasta el alojamiento. Que nadie se espere torres de habitaciones. Aquí, integrado entre árboles y jardines, se despliega una especie de pequeño pueblo con edificios de dos plantas, cada uno con 8 habitaciones muy amplias en las que no falta detalle. Ni siquiera una terraza con mecedoras para dejar caer la tarde mientras se toma algo del mueble bar.
Hay que aprovechar porque este hotel es All-Inclusive. Una vez tengas tu pulsera en la muñeca todo queda a tu disposición. ¡O casi todo no! El nombre completo del hotel es The Westin Reserva Conchal All-Inclusive Golf Resort & Spa. Así que para ciertos servicios de masajes o hacer unos hoyos en el campo de golf se pagan paquetes más completos. Además, a algún restaurante o una piscina solo acceden miembros del Westin Club. Aún así, con el paquete más económico hay un buen número de opciones para sentirse un auténtico privilegiado.

Por ejemplo si se trata de almorzar o cenar, hay mucho para elegir. Nosotros no entramos ni al Spirula Trattoria de comida italiana ni nos sentamos en las mesas del Caury especializado en tapas. ¡Evidente! Al ser españoles, buscamos sabores nuevos. Y de eso nos dieron mucho.

Desde el desayuno en el Mitra Café a base de frutas tropicales, plátano frito con queso y gallopinto con el toque imprescindible de la salsa Lizano. Energía suficiente para afrontar la mañana. Y de paso practicar alguna actividad que programa el hotel, como hacer yoga en la playa, trainings en el gym o clases de bailes latinos que tanto nos gustan.

Esas actividades se prolongan a lo largo del día. Eso sumado a la piscina y la increíble playa Conchal, galardonada en alguna ocasión como la mejor del mundo, hicieron que los días pasaron muy rápido. Casi sin darnos cuenta se ponía el sol y llega la hora de cenar. Fuimos probando varios restaurantes: el Bamboo con sus platos orientales, los pescados del Manglar o La Sabana de sabor local con maravillas como un lomito de res en salsa de cebolla y croquetas de plátano que prometo intentar hacer en casa.

Pero que nadie piense que nos saltamos una comida. Nada de eso, también disfrutamos del almuerzo repitiendo en el restaurante Caracola cobijado bajo una enorme palapa. Memorables sus ceviches o un gazpacho de mango por el que todavía salivamos. Es decir, platillos con aires ticos, aunque si se prefiere algo más norteamericano, también abunda esa oferta dada la clientela mayoritaria del hotel.

De hecho, relajados en las tumbonas de la piscina oímos casi siempre inglés. Español solo lo hablamos con el personal del hotel. Aprovechamos aquí para saludar a algunas de las personas que nos enriquecieron mucho el viaje como José llevándonos en su carrito de acá para allá, Franklin y Dayana dándonos la mejor mesa desde la mañana, Fernando por su rapidez sirviendo cervezas, Orlando y sus consejos para comer lo mejor de lo mejor, Samu atento a nuestra forma física o Natasha que nos recibió el primer día con una gigantesca sonrisa que anticipaba una estancia pletórica.

¡Memorable! Pero todo lo bueno se acaba. Y con gran pena, tocaba hacer la maleta para cambiar de hotel. Eso sí, sin salir de Reserva Conchal, nos aguardaba el W Costa Rica.
La llegada es espectacular. El camino los flanquean dos mil árboles alineados que son como un cortejo de bienvenida. Y tras eso se alcanza una plaza redonda y roja, recordando las plazas costarricenses donde bulle la diversión. Por si fuera poco, ahí comienza un refrescante pasillo donde una gigantesca marimba parece sonar. Y por último se desemboca en el lobby, que más que un vestíbulo es un auténtico Living Room con vistas a la selva y al océano al fondo.

Dan ganas de acercarse al bar a tomarse algo a la sombra de una palmera formada por más de 8.000 botellas de colores recicladas. Pero antes nos tienen que dar la habitación. Nos toca una en la torre 2 y nos deja encantados. Por su colorido, por su tamaño, por la cuidada decoración como la mesa hecha con una tabla de surf que podría cabalgar las vecinas olas del Pacífico o por esa ducha doble con vistas al bosque donde no es difícil ver ardillas, monos aulladores o venados de cola blanca. ¡Increíble!

Todo en el W Costa Rica posee esa mezcla de diseño con gusto y exquisitez en mitad de una naturaleza desbordada. El objetivo no es otro que proporcionar unas sensaciones de algo exclusivo pero sin demasiados formalismos. Así se transmite por ejemplo en todo el Living Room protegido por una cubierta que recuerda a los guanacastes, los árboles nacionales de Costa Rica y que abundan en Reserva Conchal. De esos tejados curvos cuelgan lámparas amarillas simulando los panales de abejas de la zona, mientras que se ven varios sofás envueltos por madera como si fueran nidos de oropéndolas.

Apetece sentarse a tomar algo, o bien bajar unos escalones a la piscina Wet Deck, solo para adultos. Mientras que si se viaja con niños se puede ir hasta la piscina Zona Azul, ubicada junto a la playa. Ahí dan almuerzos y cenas. Al igual que en el Living Room donde está el restaurante Cocina de Mercado. Ambas cartas son muy internacionales y con muchas opciones sabrosas. Aunque los foodies que busquen sofisticación tienen el Latitud 10º Norte, que funde lo tico con la tradición culinaria del Sudeste Asiático, al otro lado del océano y a la misma latitud.


Atención, porque a diferencia de su hermano The Westin Reserva Conchal, el W Costa Rica no es un hotel All-Inclusive. Pero quién se lo pueda permitir, es una experiencia altamente recomendable, uno de esos caprichos que jamás se olvidan. Y no solo por los servicios y el lugar que se visita. En especial por la gente que ahí se conoce y que hacen vivir unos días inolvidables. Al menos así nos ocurrió a nosotros gracias a personas como el valet Jonathan, el conductor Sebastián, el monitor de actividades Minor, el mesero Alejandro con sus sabios consejos, la atenta Melissa, el trabajo de Cheverria cuidando la piscina, el sorprendente descubrimiento de Francisco en la tienda de recuerdos o María José con quién charlamos todas las tardes en la Zona Azul.

¡¡¡PURA VIDA!!!
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