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Fotos: Mónica Grimal (@photo_mgrim)
A dormir como reyes. O mejor aún. A sentirse casi, casi como auténticos virreyes. A eso invita el exclusivo hotel del Palacio de Helguera. Al fin y al cabo este señorial edificio lo mandó construir allá por el siglo XVIII la mano derecha del Virrey del Perú, el refinado Conde de Santa Ana de las Torres quién anhelaba regresar de las Américas para disfrutar de sus últimos días en este recóndito rincón de Cantabria. Aunque no tuvo esa suerte y falleció antes de cruzar el charco. En cambio, nosotros sí que tuvimos la fortuna de gozar de su residencia soñada. Transformada desde 2020 en el Helguera Palacio Boutique & Antique, denominación que da las claves sobre la experiencia que vivimos allí.
El porte palaciego se descubre nada más llegar. Es una construcción solariega con piedra de primera calidad y saltan a la vista todos los refinamientos de la arquitectura de postín, desde los grandes arcos de abajo hasta los escudos de la fachada. Y una vez atravesada la entrada se respira distinción, sobre todo subiendo su escalera regia al piso noble con las habitaciones más distinguidas y un gran salón con vistas a los jardines. Pasear por esas estancias invita a viajar en el tiempo. A ello ayuda la decoración de los espacios comunes y de las habitaciones. Son 11 y todas con un nombre que homenajea a personajes como el propio Conde de Santa Ana de las Torres y otras celebridades ligadas al palacio, a Cantabria y al Nuevo Mundo como por ejemplo el Barón de Puerto Rico o el Regente Gabriel Císcar.

Por supuesto cada estancia es diferente al resto, aunque todas recrean el ambiente glamuroso del siglo XVIII con un confort propio de siglo XXI. Es difícil no sentirse un aristócrata sibarita. Si bien no se piden títulos nobiliarios para alojarse. ¡Mírennos a nosotros! Lo necesario es un espíritu hedonista y dejarse llevar por los antojos. Aunque solo sea por unos días, porque no siempre es posible darse tal baño de glamur. ¡Si fuera cotidiano, no sería extraordinario!

Esa es la experiencia que proporciona el Palacio de Helguera y esperamos que las fotos de Mónica lo transmitan. Un lugar que como buen hotel boutique ha buscado y hallado su estilo propio, proponiendo una vivencia insólita: trasladarnos al tiempo del arte rococó que hemos visto en los films de época, donde la delicadeza y una atmósfera placentera envolvían la vida.

Poseer un carácter especial es requisito indispensable para ser un buen hotel boutique. Pero hay más condiciones y todas ellas se cumplen aquí. Por ejemplo, el número de habitaciones permite que el trato sea tan exquisito como personalizado. Además hay espacios comunes de lo más acogedores, desde los cómodos butacones junto al bar hasta el jardín. Donde por cierto también hay área de spa, gimnasio y dos piscinas. Una exterior y otra interior caldeada por el fuego de una chimenea. No es extraño que el establecimiento se integre en Relais & Chateaux, ¡uno de los pocos que presume de ello en el norte de España!


Es un hotel-destino con una propuesta gastronómica que satisface a cualquier foodie. Pero de eso hablaremos más adelante. Antes hay que explicar la última palabra de Helguera Palacio Boutique & Antique. ¿A qué se refiere? En realidad el hotel es como una inmensa tienda de antigüedades. Lo que veáis, además de dejaros boquiabiertos, está a la venta. Las vajillas expuestas en el salón señorial, los cuadros, las finísimas lámparas de diferentes materiales, los libros antiguos, las estatuas y cualquier adorno que os fascine. Todo se puede adquirir. Y conforme los clientes compran, Malales Canut, propietaria y experta interiorista, repone cosas nuevas. Así que si se tiene la inmensa suerte de repetir estancia, resulta que se ven detalles diferentes, lo cual incrementa ese sentimiento de visitar un lugar especial.

Si la ornamentación es motivo para regresar, lo mismo ocurre con la propuesta gastronómica del restaurante del hotel. Al frente hay un chef de origen peruano. Su nombre es Renzo Orbegoso Hinojosa y cada temporada renueva su carta inspirándose en una singular fusión entre sabores y productos del otro lado del Atlántico y la tradición culinaria local. De manera que conviven por ejemplo la merluza o el machote tan típicos del vecino mar Cantábrico con la sabrosa causa limeña, el ají amarillo o la salsa huancaína. ¡Nos dimos un festín que tardaremos en olvidar!


Imaginaréis que del hotel Palacio de Helguera no es fácil salir. No es sencillo renunciar a vivir casi como un virrey. Pero todavía os tenemos que contar otra ventaja más del lugar: su emplazamiento es ideal para descubrir la región de Cantabria. Es verdad que no llegaréis hasta ahí si no usáis el google maps, porque el hotel está oculto en las laderas que rodean el caserío de Las Presillas. Ese aislamiento del mundanal ruido hace pensar que se está lejos de todo. Pero es al contrario. Muy cerca están los grandes atractivos cántabros.
A un paso esperan los Valles Pasiegos con sus verdes montes plagados de pastos para las vacas. Y a escasos minutos aguardan interesantes monumentos como la Colegiata de Santa Cruz de Castañeda o bonitos pueblos como Villacarriedo y Puente Viesgo, famoso por su balneario y sus cuevas repletas de pinturas prehistóricas. Hablando de arte rupestre, en menos de media hora está la célebre Cueva de Altamira. Y a la misma distancia queda Santillana del Mar, Comillas con el Capricho de Gaudí o Santander, la capital de Cantabria.

En todos estos lugares y muchos otros los amantes del buen comer se darán banquetes. Los carnívoros no deben perderse la carne de Cantabria procedente de razas autóctonas de vacas. Los más golosos engordarán a base de sobaos, corbatas o quesadas (bien distintas a las quesadillas mexicanas). Y para los que quieren productos del mar, hallarán en casi cualquier rincón de la comunidad autónoma pescados y marisco. Pero os recomendamos ir a la costa.

Eso hicimos nosotros. No solo para visitar sitios como Castro Urdiales, Laredo o Santoña. ¡Ay, Santoña! Al nombrarla se saliva y se desea probar sus anchoas en salmuera. En todos los bares y restaurantes de Cantabria (y de media España) están presentes. Pero si buscáis paladearlas y saber cómo se elaboran, lo ideal es visitar una fábrica en Santoña. Nosotros entramos a Conservas Emilia y nos sorprendimos tanto por esos sabores como por el enorme trabajo que lleva este manjar que desde que se pesca hasta que llega al mercado puede pasar un año. Una larga espera, pero cuando las catéis veréis que vale la pena.
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