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El futbol es, probablemente, el fenómeno social más extendido del planeta. A su alrededor convergen la cultura, la política, la gastronomía, la identidad de los pueblos y un sinfín de emociones que pocas cosas son capaces de despertar. Y ahora que estamos viviendo una Copa del Mundo con México como una de las sedes, vale la pena detenernos un momento para hablar de lo que representa más allá de un deporte.
No hace falta saberlo todo sobre fútbol para emocionarse con un Mundial. Si lo vemos desde la mirada de un lector o de un viajero, el torneo es una invitación a recorrer el mundo sin salir de casa. Cada selección trae consigo una bandera, un idioma, un acento, una historia y una manera distinta de entender la vida. Durante unas semanas, los ojos del planeta se posan sobre ciudades, tradiciones y culturas que quizá nunca habíamos explorado con tanta atención.

Cuando arranca la Copa del Mundo ocurre algo extraordinario. Por un momento se olvidan las estadísticas, las críticas y los torneos anteriores. Personas que jamás compartirían una mesa terminan celebrando juntas frente a una pantalla. Extraños se convierten en compañeros de conversación y, en ocasiones, hasta en amigos. Lo que vemos en la cancha es competencia, sí, pero también admiración y respeto entre quienes han dedicado su vida a alcanzar ese escenario.
En mi caso no tengo un recuerdo de estadio ni de partido histórico. Tengo el recuerdo de una sala llena, de voces que suben al mismo tiempo, de ese grito de gol que en realidad es otra cosa: es el pretexto que necesitamos para reunirnos. El Mundial, en mi familia, siempre ha sido eso antes que cualquier resultado.
Existen libros que ayudan a entender por qué el fútbol es mucho más que un deporte. Detrás de cada selección hay relatos de identidad, barrio, infancia, migración, política y alegría popular —historias que explican por qué este juego es capaz de movilizar a millones de personas alrededor del mundo y que se leen, antes o después del partido, con la misma intensidad.
Uno de ellos es Los héroes numerados, de Juan Villoro. Fiel a su estilo, el escritor mexicano utiliza algunos de los números más emblemáticos de la historia del fútbol para construir crónicas que exploran no solo las grandes gestas mundialistas, sino también los aspectos sociales, culturales y políticos que rodean al deporte más popular del planeta. Villoro entiende el fútbol como una forma de narrar la sociedad contemporánea y demuestra que lo que sucede en la cancha es, muchas veces, apenas el reflejo de lo que ocurre fuera de ella.

Para quienes desean comprender cómo nació el torneo más importante del mundo, La apasionante historia de los Mundiales, de Alberto Lati, es una magnífica puerta de entrada. El libro recorre las distintas Copas del Mundo reuniendo anécdotas, personajes, polémicas y momentos que marcaron la historia del torneo. Más allá de los resultados, permite entender el contexto social, político y futbolístico de cada época.

Y está también Fútbol: el juego infinito, de Jorge Valdano, una de las voces más respetadas para reflexionar sobre este deporte. Valdano plantea que el fútbol es un juego que nunca termina porque siempre encuentra la manera de renovarse en la memoria colectiva. Los partidos concluyen, los campeones cambian y los ídolos se retiran, pero las emociones permanecen.

Todos estos libros nos recuerdan que el fútbol no pertenece únicamente a los jugadores ni a los entrenadores. También pertenece a quienes lo miran desde una sala, una cantina, una plaza pública o un estadio. A los niños que sueñan con usar algún día la camiseta de su selección, a los migrantes que encuentran en un partido un vínculo con su país de origen, a las familias que convierten cada Mundial en una tradición y a las ciudades que, durante unas semanas, reciben al mundo entero.
México vuelve a convertirse en anfitrión de la mayor fiesta futbolística del planeta, un privilegio que pocos países pueden presumir. Durante unas semanas nuestras calles, plazas, estadios y ciudades se convierten en punto de encuentro para miles de personas que llegan desde distintos rincones del mundo con un idioma, una bandera y una historia propia. Como ocurre con los grandes viajes, el Mundial nos recuerda que las diferencias pueden convertirse en conversación y que la curiosidad sigue siendo una de las mejores formas de acercarnos a los demás.
Por eso vale la pena leer sobre este fenómeno, entenderlo y explorar las historias que lo rodean. Pero también vale la pena vivirlo. Porque los libros pueden ayudarnos a comprender lo que representa una Copa del Mundo, mientras que la experiencia de verla suceder nos permite sentirla. Y quizá ahí radique la verdadera magia de un Mundial: en descubrir que, aun siendo tan distintos, todavía somos capaces de reunirnos alrededor de una misma pasión.
Adriana Muela
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